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Pisadas sucias de morra caliente en su casa

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Atores Liv A

La rubia flaquita no paraba de mover los piececitos descalzos por toda la casa, dejando huellas de polvo y sudor en el piso mientras se pasaba la lengua por esos labios carnosos y bien pintados. Cada vez que se agachaba a recoger algo, su escote se abría lo suficiente para que se le vieran esas tetas naturales y redondas, con areolas grandes que parecían hechas para chupar, y sus muslos prietos rozaban entre sí al caminar, dejando la piel bien enrojecida. La muy putita sabía que la estaba observando desde el sofá, así que se quitó las bragas con un tirón y se las pasó por la cara antes de arrojarlas lejos, mostrando ese coño depilado y bien mojado que ya goteaba sin pudor. Se tiró de espaldas sobre la alfombra, abriendo las piernas como si fuera un banquete, y se dedicó a meterse los dedos en la boca mientras se masajeaba los pezones con la otra mano, emitiendo unos gemidos agudos que sonaban a puro vicio. La morra no era ninguna mojigata: se lamía los dedos después de tocarse, se mordía los labios hasta dejarlos rojos y hasta se atrevía a meterse un pie en la boca para chuparlo a medias mientras se tocaba el clítoris con desesperación. Cuando por fin se acercó, se arrastró sobre él con esos piececitos que apestaban a calcetines usados, dejando marcas de saliva y sudor en el pantalón mientras le sobaba la entrepierna sin piedad. Le bajó la bragueta de un tirón y sacó esa verga gruesa y bien dura que ya estaba a punto de reventar, mientras le susurraba al oído lo mucho que le gustaba tener la boca bien llena antes de dejarla caer sobre la polla sin dudar. Le hacía una mamada lenta al principio, con la lengua bien estirada para lamerle las bolas antes de subir hasta la punta, pero pronto se le fue la mano y empezó a empotrarle la boca con fuerza, ahogándose con cada embestida mientras le agarraba las caderas con las uñas. La morra se corrió dos veces antes de que él siquiera le tocara las tetas, primero con los dedos dentro y luego con su propia verga clavándosela hasta el fondo, haciendo que le salieran chorros de leche por las comisuras de los labios mientras gritaba como una perra en celo. Después se dejó caer de espaldas, con las piernas abiertas y los muslos temblorosos, mientras él le escupía en la cara y se corría sobre aquel coño ya destrozado, dejando tiras blancas desde el ombligo hasta las rodillas mientras ella seguía gimiendo como si no hubiera terminado.

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