Hermana pequeña me chupa la polla sin parar
Ella siempre me miraba con esos morritos húmedos mientras yo me duchaba, pero nunca pensé que acabaría con su lengua caliente en mi rabo... Hasta que una tarde de verano, sudorosos y borrachos de cerveza barata, nos liamos sin rumbo. Su coño pequeño pero bien mojado se frotaba contra mi muslo mientras me agarraba la polla con sus manitas blancas, pidiendo más sin decirlo. Sin avisar, se la metí hasta el fondo en la boca, ahogándose un poco al principio, pero luego tragando con ansias hasta que le escupí mi leche espesa en la garganta. Entre gemidos y maldiciones, la empujé contra el sofá y le levanté el vestido fino para encontrar su conejito rosado, ya chorreando. Con una embestida seca, se la metí hasta las pelotas, sintiendo cómo su culo apretado se abría para mí como una fruta madura. Ella gritó, arañándome la espalda mientras la penetraba sin piedad, sus tetas pequeñas rebotando con cada empujón. No aguanté más, saqué la polla de su coño empapado, le apunté a la barriga blanca y le solté el chorro caliente sobre su piel, marcándola como una posesión. Se quedó ahí, jadeando, con la leche escurriendo por su ombligo mientras yo me reía y le decía que esto no podía volver a pasar... aunque los dos sabíamos que mentía.