Kafka te domina como su putita sumisa y juguetona
Desde que esa maldita zorra de pelo plateado te enganchó con su mirada de depredadora, no hay día que no sueñes con que te agarre de las orejas y te arrastre hasta su guarida de terciopelo negro. La muy perra te hace arrodillarte sobre el frío suelo de mármol mientras te escupe órdenes con esa voz que te pone la polla más dura que el acero: 'Ladra, esclavo, o te dejo sin orgasmo esta noche'. Y tú, como el gilipollas cachondo que eres, obedeces al instante, con la baba colgando como un perro en celo mientras ella te azota el culo con sus botines de tacón fino. Kafka te encadena al suelo con un collar de diamantes falsos que te marca la piel como si fuera un hierro candente, y ahí empieza el infierno... y el placer. Te obliga a chuparle los dedos de los pies uno por uno mientras te masturbas como un desesperado, pero cada vez que estás a punto de correrte, te pega un cachetazo en la cara y te susurra: 'Esto es mío, pedazo de mierda'. La muy hija de puta te hace gemir como una perra en celo mientras te empotra contra la pared, con su coño empapado frotándose contra tu espalda mientras te ordeña la verga con movimientos lentos y calculados. Te obliga a lamerle el culo mientras te niega el orgasmo una y otra vez, hasta que acabas lloriqueando y suplicando como el esclavo patético que eres. Y cuando por fin te deja correrte, no es con una simple corrida: te obliga a eyacular sobre sus tetas mientras te mastica el glande con esos labios rojos como cerezas envenenadas, dejándote temblando y sin aliento, con la sensación de que tu vida ya no te pertenece... porque ahora solo eres su juguete, su putita de compañía, su perra domesticada para follar cuando le dé la gana.