Kyrah desafía a su hombre a dominar su culazo perfecto
Te miras en el espejo mientras ella se quita la blusa con lentitud, dejando ver esos pezones duros que piden a gritos que los chupes. La agarras por la cintura y sientes cómo su culo redondo se aprieta contra tu polla, retándote a ver si puedes manejar tanta carne firme. Te la empotras contra la pared, sintiendo cómo sus gemidos rebotan en las paredes mientras le metes los dedos en ese coño mojado que gotea por tus nudillos. Kyrah te mira por encima del hombro, desafiándote a que la hagas correrse más fuerte, pero tú no te rindes: la volteas y le abres las nalgas para meterle la lengua hasta el fondo, saboreando su jugo mientras ella se retuerce. Le das una nalgada que resuena en toda la habitación, y ella grita, pero no para de moverse, frotándose contra tu cara como si quisiera borrarte la sonrisa de superioridad. La levantas y la sientas en el borde de la cama, abriéndole las piernas para que veas cómo brilla su coño hinchado, rogándote que la penetres. Te la metes de una estocada, sintiendo cómo su calor te envuelve hasta las pelotas, y ella arquea la espalda, mordiéndose el labio para no gritar demasiado. Te mueves más rápido, sintiendo cómo sus paredes vaginales se contraen alrededor de tu verga, y ella te clava las uñas en la espalda, suplicándote que no pares. La embistes con fuerza, haciendo que sus tetas reboten con cada golpe, hasta que su cuerpo se tensa y se corre con un grito ahogado, pero tú no te detienes: la volteas otra vez y le metes la polla por atrás, sintiendo cómo su culo se aprieta alrededor de tu verga. Kyrah se agarra de las sábanas, gimiendo sin control, y tú le das una última embestida que la hace explotar en otro orgasmo, pero esta vez no es ella quien se corre: eres tú, llenándola hasta que tu leche le escurre por los muslos. Cuando terminas, ella se queda temblando, respirando con dificultad, pero con una sonrisa de satisfacción en los labios, como si supiera que ganó la apuesta.