La cama se volvió mi amante favorita de tanto usarla
Desde que su novia se fue de la ciudad, él no ha parado de follar con el colchón todas las noches, imaginando que es un coño bien caliente y mojado que lo recibe con los muslos abiertos. Cada vez que se acuesta, la polla le late solo de pensar en lo que le haría si estuviera ahí, enredando sus dedos en las sábanas mientras se la clava hasta el fondo. La primera noche se corrió en menos de cinco minutos, pero ahora aguanta más, retorciéndose sobre el colchón mientras se masturba con movimientos bruscos, sintiendo cómo el sudor le resbala por la espalda y le moja la espalda baja. Los gemidos que escapa son roncos, de esos que salen cuando estás tan cachondo que no puedes controlar ni el aire, y la cama cruje bajo su peso como si estuviera siendo follada por un animal en celo. A veces se corre tan fuerte que el líquido le chorrea por las pelotas y le deja manchas blancas en los muslos, pero no le importa limpiar después porque sabe que mañana volverá a buscarla. La imaginación es tan vívida que hasta puede sentir el olor a coño excitado y el tacto de unas tetas firmes apretándose contra su pecho mientras la embiste como un loco. Los sonidos que emite son una mezcla de gruñidos, jadeos y bufidos, como si estuviera poseído por el demonio del sexo, y aunque sabe que es un polvo solitario, no hay nada más satisfactorio que sentir cómo su polla se hincha hasta explotar dentro de su puño cerrado. Al final, cuando ya no queda ni una gota de leche en sus huevos, se queda tirado boca arriba, jadeando como un perro con la lengua afuera, pero con una sonrisa de oreja a oreja porque sabe que mañana repetirá la misma escena. No hay mejor amante que una cama dispuesta a recibirlo sin quejarse, sin exigirle nada más que su corrida caliente y espesa.