La morena se deja empotrar el culo sin parar de gemir
Gabriella llegó con ese culito redondo y prieto que ya le había dado vueltas en la cabeza a más de uno, pero hoy no había filtros ni miradas tímidas: solo el vestido ajustado que se le subía hasta las caderas cada vez que se agachaba a recoger algo. El muy cabrón de Gio no perdió el tiempo y le arrancó la tanga de un tirón mientras ella soltaba un gemido ronco contra la pared, sintiendo cómo el aire frío le erizaba la piel del coño ya bien mojado. Él le escupió en el culo sin avisar, extendiendo la saliva con los dedos antes de clavársela de una vez, sin piedad, hasta que los huevos le golpearon la raja de tanto que la empotraba contra el mueble del salón. Ella chilló, arañando la madera mientras le suplicaba que no parara, que la dejara llena hasta el fondo, que le reventara ese agujero que tanto le gustaba destrozar. Gio le agarró las tetas desde atrás, amasándoselas con fuerza mientras le metía la polla hasta el glande cada vez, sacudiéndole el cuerpo entero con cada embestida que le dejaba el culo abierto como un embudo. Gabriella no podía más, con la boca entreabierta y los ojos vidriosos, tragándose los babazos que le caían mientras se la comía viva por el culo y por la boca, porque Gio no se conformó con uno solo: le metió dos dedos en la boca para que le chupara mientras le follaba el coño ya bien usado, sintiendo cómo el líquido le resbalaba por los muslos. La morena se corrió gritando, con el cuerpo convulsionando entre sudor y saliva, pero él no aflojó ni un segundo: la levantó en peso y se la llevó al sofá, donde la tiró boca arriba y le metió la polla hasta los cojones una y otra vez, mientras ella le lamía las pelotas con desesperación entre gemidos. Cuando por fin se corrió, fue a chorros gruesos que le cayeron en la cara, en la boca abierta, hasta que Gabriella se lo tragó todo sin dejar ni una gota, con la lengua fuera y las mejillas hundidas por el esfuerzo. El muy hijo de puta no se conformó con eso y le dio la vuelta para empalmarla de nuevo, esta vez con las piernas en el aire, mientras le metía los dedos en el culo ya destrozado para abrirle más la entrada. Ella no pudo aguantar otro orgasmo y se corrió otra vez, esta vez con un grito ahogado que le salió desde lo más hondo del pecho, mientras la polla de Gio le reventaba las entrañas sin piedad. Cuando por fin se quedó quieta, temblando y con el culo bien abierto, él le escupió otra vez en el agujero y se lo limpió con la lengua antes de darle un cachete en la nalga que le dejó la marca roja de los dedos. Gabriella respiró hondo, con la saliva colgando de su boca y el coño goteando, pero supo que esto no había terminado: Gio ya estaba duro de nuevo, listo para volver a destrozarla como solo él sabía hacer.