Mira cómo me domina este cornudo que no aguanta mi polla
Soy Laura, y este cornudo creyó que podía manejarme, pero le demostré que mi coño no se rinde tan fácil. Me arrodillé frente a él, le bajé los pantalones y le mostré mi boca húmeda, lista para chupar esa verga que tanto presumía. Sus ojos se abrieron cuando le dije que si creía que podía follarme como a una puta cualquiera, pero yo tenía otros planes. Lo empujé contra la pared, le mordí el cuello y le susurré que si quería verme gemir, tendría que ganárselo. Empecé a cabalgarlo con fuerza, sintiendo cómo su polla entraba hasta el fondo de mi coño mojado, cada embestida más profunda que la anterior. Él intentaba controlarme, pero yo lo monté como a un toro, moviendo mis caderas en círculos hasta que sus manos se aferraron a mis nalgas. Le dije que si quería verme correrme, tendría que aguantar mi ritmo, y él, jadeando, me pidió que no parara. Lo hice gemir como un perro en celo, sintiendo cómo su verga latía dentro de mí, hasta que no pudo más y se vació en mi coño sin pedir permiso. Pero yo no me detuve, seguí follándolo hasta que su cuerpo tembló y sus piernas cedieron. Le di la vuelta, lo puse de rodillas y le ordené que me lamiera hasta que yo también me corriera en su boca. Y así fue, con su lengua trabajándome el clítoris mientras yo le agarraba el pelo, hasta que un orgasmo me sacudió entera y lo dejé temblando en el suelo, derrotado. Pero yo no había terminado, porque ahora era mi turno de hacerle pagar por su arrogancia. Lo empujé contra la cama, le abrí las piernas y me senté sobre su cara, frotando mi coño mojado contra su boca hasta que sus gemidos se volvieron ahogados. Lo monté como a un caballo, moviendo mis caderas hacia adelante y atrás, sintiendo cómo su lengua me penetraba una y otra vez. Él intentaba respirar, pero yo no le di tregua, apretando mis muslos contra sus orejas hasta que su cuerpo se tensó y su polla se endureció de nuevo. Sin perder tiempo, me bajé y me puse a cuatro patas, ofreciéndole mi culo para que me empotrara como si fuera su última oportunidad. Él no lo dudó, me agarró de las caderas y me penetró con fuerza, cada embestida más violenta que la anterior. Yo gemía sin control, sintiendo cómo su verga me llenaba por completo, hasta que no pude más y me corrí con un grito que resonó en toda la habitación. Él, sin poder contenerse, se vació dentro de mí con un gemido ahogado, y yo me dejé caer sobre la cama, satisfecha de haberle dado una lección que no olvidaría. Pero no me detuve ahí, porque ahora era mi turno de hacerle pagar por su arrogancia. Lo empujé contra la pared, le bajé los pantalones y le mostré mi boca húmeda, lista para chupar esa verga que tanto presumía. Sus ojos se abrieron cuando le dije que si creía que podía follarme como a una puta cualquiera, pero yo tenía otros planes. Lo empujé contra la pared, le mordí el cuello y le susurré que si quería verme gemir, tendría que ganárselo. Empecé a cabalgarlo con fuerza, sintiendo cómo su polla entraba hasta el fondo de mi coño mojado, cada embestida más profunda que la anterior. Él intentaba controlarme, pero yo lo monté como a un toro, moviendo mis caderas en círculos hasta que sus manos se aferraron a mis nalgas. Le dije que si quería verme correrme, tendría que aguantar mi ritmo, y él, jadeando, me pidió que no parara. Lo hice gemir como un perro en celo, sintiendo cómo su verga latía dentro de mí, hasta que no pudo más y se vació en mi coño sin pedir permiso. Pero yo no me detuve, seguí follándolo hasta que su cuerpo tembló y sus piernas cedieron. Le di la vuelta, lo puse de rodillas y le ordené que me lamiera hasta que yo también me corriera en su boca. Y así fue, con su lengua trabajándome el clítoris mientras yo le agarraba el pelo, hasta que un orgasmo me sacudió entera y lo dejé temblando en el suelo, derrotado. Pero yo no había terminado, porque ahora era mi turno de hacerle pagar por su arrogancia. Lo empujé contra la cama, le abrí las piernas y me senté sobre su cara, frotando mi coño mojado contra su boca hasta que sus gemidos se volvieron ahogados. Lo monté como a un caballo, moviendo mis caderas hacia adelante y atrás, sintiendo cómo su lengua me penetraba una y otra vez. Él intentaba respirar, pero yo no le di tregua, apretando mis muslos contra sus orejas hasta que su cuerpo se tensó y su polla se endureció de nuevo. Sin perder tiempo, me bajé y me puse a cuatro patas, ofreciéndole mi culo para que me empotrara como si fuera su última oportunidad. Él no lo dudó, me agarró de las caderas y me penetró con fuerza, cada embestida más violenta que la anterior. Yo gemía sin control, sintiendo cómo su verga me llenaba por completo, hasta que no pude más y me corrí con un gritó que resonó en toda la habitación. Él, sin poder contenerse, se vació dentro de mí con un gemido ahogado, y yo me dejé caer sobre la cama, satisfecha de haberle dado una lección que no olvidaría.