Pareja joven mexicana se folla lento en domingo
Él llegó temprano con dos cervezas bien frías y ella ya lo esperaba en la sala con ese vestido ajustado que le marcaba cada curva del culo, los pezones duros asomándose bajo la tela. Se besaron como si no se vieran desde años, las lenguas se enredaron y sus manos no pudieron esperar más, él le arrancó el vestido de un tirón mientras ella gemía contra su boca, los botones saltando por el aire. El sofá crujió cuando la empujó contra los cojines, las piernas de ella se abrieron solas al sentir su polla dura rozándole el coño mojado, que ya olía a sexo y a tarde de domingo. Él le lamió los pezones uno por uno, mordisqueándolos hasta que ella arqueó la espalda y soltó un gritito, sus uñas se clavaron en sus hombros mientras él bajaba la boca hasta su entrepierna. Le chupó el clítoris despacio al principio, luego más rápido, sintiendo cómo su coño se humedecía más con cada lamida, los gemidos se volvieron más fuertes y entrecortados. Ella lo agarró del pelo y lo obligó a subir, quería sentirlo dentro, su polla palpitante lista para empotrarla sin piedad. Se puso en cuatro patas sobre el sofá, el culo en pompa y la cara hundida en los cojines, y él no perdió tiempo: se arrodilló detrás, le separó las nalgas con las manos y se enterró hasta las bolas de un solo empujón. Ella gritó como loca, el sonido rebotó en las paredes, las embestidas eran lentas pero profundas, cada vez que salía dejaba el coño abierto y chorreando, y al volver a entrar la llenaba por completo. Los gemidos se volvieron una melodía constante, ella empujaba el culo hacia atrás para recibirlo mejor, sus tetas colgando libres chocaban contra el respaldo del sofá. Él le agarró la cintura con fuerza y aceleró el ritmo, el sonido de piel contra piel llenaba la sala, su polla resbaladiza por los jugos que se escapaban de su coño cada vez que la embestía. Los dos sudaban, él jadeaba como perro en celo y ella no paraba de gritar que no se corriera aún, pero su cuerpo traicionero ya empezaba a temblar. Cuando por fin se corrió, fue como un terremoto: él la llenó hasta el fondo, sus pelotas se contrajeron y el primer chorro la hizo gemir más fuerte, el segundo la hizo temblar de los pies a la cabeza, y el tercero la dejó sin fuerzas, el coño empalado y agotado sobre los cojines. Se quedaron así un rato, jadeando, él aún dentro de ella, sintiendo cómo su polla poco a poco se ablandaba mientras su leche seguía saliendo, mezclada con sus fluidos, haciéndolo todo más baboso y sucio. Ella se dejó caer boca arriba en el sofá, las piernas abiertas y el coño bien usado, brillando bajo la luz del atardecer que entraba por la ventana, mientras él se limpiaba los restos de corrida en su muslo antes de darle un último beso en la boca, saboreando el sudor y el sexo en sus labios.