Sexo y venganza en el camino a El Dorado
Corría el sudor por su espalda mientras ella se inclinaba sobre el capó del auto, las manos aferradas al metal caliente. No era amor lo que la movía, sino el deseo de borrar la sonrisa de su exnovio, el mismo que ahora la miraba desde lejos, ardiendo de celos. Él se acercó por detrás, la polla dura como el acero, y sin decir una palabra le levantó la falda hasta la cintura, dejando al descubierto el coño mojado y palpitante. Con un gruñido, clavó su verga hasta las pelotas, haciendo que ella gimiera y se arqueara hacia atrás, las tetas saltando con cada embestida. Las caderas chocaban con fuerza, el sonido húmedo de la carne golpeando resonaba en el aire quieto de la noche. Ella mordió el labio inferior, saboreando la mezcla de sal y metal, mientras él le agarraba las nalgas con fuerza, marcando sus dedos en la piel suave. El ritmo se volvió frenético, las manos de él bajaron para masajear su clítoris hinchado, llevándola al borde del orgasmo. Cuando por fin se corrió, fue con un grito ahogado, el coño apretándose alrededor de su polla como un puño. Él no se detuvo, siguió embistiéndola hasta que su propia corrida le quemó los huevos, llenándola hasta rebosar. Al terminar, la falda quedó hecha un ovillo en el suelo, manchada de tierra y sudor, mientras ella se enderezaba, las piernas temblorosas y el coño aún latiendo.