Vanessa de tetas pequeñas se traga toda la polla gruesa
Desde que su padastro llegó a vivir con ellas, Vanessa no podía dejar de mirarle el bulto bajo los pantalones cada vez que se agachaba a recoger algo del suelo. Ese bulto enorme que le hacía babear solo de imaginárselo dentro de su boquita estrecha y juguetona. Hoy no pudo resistirse más y se le acercó con el pretexto de preguntarle por un vídeo en su teléfono, rozándole sin querer el muslo para sentir el calor de su carne dura bajo la tela. Él, que no era tonto, notó cómo ella jadeaba cuando le pasó los dedos por encima de la verga que ya se le marcaba en los bóxers, así que decidió ponerle las cosas más fáciles. Sin mediar palabra, Vanessa se arrodilló frente a él en el sofá de la sala, le bajó los pantalones de un tirón y dejó al descubierto esa polla gruesa y venosa que le hacía la boca agua. Con los ojos brillantes por la excitación, abrió bien los labios y se la metió hasta la garganta sin importarle lo que pensaran los vecinos, porque el sonido húmedo de sus succiones y los gemidos ahogados que escapaban de su garganta eran música para sus oídos. Cada embestida le llegaba al fondo del paladar, sintiendo cómo la cabeza gruesa le rozaba las amígdalas mientras le agarraba los huevos con fuerza para que no se le fuera la leche antes de tiempo. Él le sujetó la cabeza con ambas manos, empalándola contra su verga sin piedad, mientras ella se ahogaba con la saliva que le resbalaba por la barbilla al ritmo de sus movimientos bruscos. Los piercing en su lengua brillaban cada vez que se la pasaba por el tronco de la polla, arrancándole gruñidos animales que le ponían los pelos de punta a la chiquilla. Cuando sintió que él estaba a punto de correrse, se la sacó de la boca solo para escupirle un hilo de babas sobre la punta palpitante antes de volverla a engullir entera, tragándose hasta la última gota de pre-semen que le brotaba del glande. Pero él no quería acabar así, así que la levantó por las caderas y la tiró boca abajo sobre la alfombra, subiéndole el vestido corto para dejarle el culo al aire mientras se le clavaba hasta el fondo con un gruñido salvaje. La polla le abría el coño como un puño, estirándole los labios hinchados cada vez que se la sacaba para volverla a empalar con un golpe seco que le hacía gritar como una posesa. Entre jadeos y maldiciones, Vanessa le suplicaba que no parara, que le diera más fuerte, que le reventara el coño a base de embestidas mientras él le agarraba las tetas pequeñas y duras para usarlas de apoyo mientras se la follaba sin piedad. Cuando por fin sintió que el orgasmo le subía por la columna vertebral como un rayo, se corrió gritando su nombre mientras su leche caliente le llenaba el vientre y le resbalaba por los muslos, dejándola temblorosa y completamente rendida bajo su peso.