Esposa caliente chupa a desconocido en público y lo lleva a casa
El muy cornudo no podía creer lo que veía cuando su mujer, con esos pechos enormes y ese culo prieto que tanto le ponían, se arrodilló frente a un desconocido en plena calle y le sacó la polla como si llevara años esperando ese momento. El tipo, un macho con la verga bien dura y las bolas cargadas, no se lo pensó dos veces y le agarró la cabeza para empotrarle la garganta mientras ella gemía con los labios bien apretados alrededor de su tronco venoso, con la baba saliéndole por las comisuras. La gente pasaba sin mirar, pero él ya no podía parar: le levantó el vestido hasta la cintura, le arrancó las bragas de un tirón y le metió los dedos en el coño empapado que olía a sexo barato, con los labios hinchados y la entrada temblando de ganas. Ella ni siquiera se resistió cuando el tipo la levantó en volandas y la apoyó contra la pared, le separó las nalgas con las manos y le clavó la polla de un solo envite hasta que ella gritó como una puta en celo, con los muslos temblorosos y las uñas arañando la pintura de la fachada. El cornudo, con la cara roja de vergüenza y la verga dura como una piedra, los siguió hasta el coche como un perro sumiso, sin atreverse a decir nada mientras ella se subía al asiento trasero con las tetas rebotando y el coño goteando. En casa, el desconocido la tiró sobre la cama con un empujón, le abrió las piernas de par en par y le enterró la cara entre los muslos para lamerle el jugo que le chorreaba hasta el ano mientras ella le tiraba del pelo y le suplicaba que la follara más fuerte. Él no necesitó más invitación: se colocó entre sus piernas, le agarró los pechos con las dos manos y se la empotró hasta el fondo, sintiendo cómo el coño se le aferraba a la verga cada vez que la sacaba para volver a clavársela con fuerza brutal, haciendo que los globos de carne le golpearan contra el culo con un sonido húmedo y obsceno. Ella se corrió gritando, con los fluidos brotando como un géiser mientras él le llenaba el coño hasta la garganta con chorros espesos que le resbalaban por las piernas hasta manchar las sábanas, y el cornudo, desde la puerta, no pudo evitar masturbarse al ver cómo su mujer, con los ojos vidriosos y la boca abierta, recibía cada gota de leche como si fuera su premio por ser la puta más sucia del barrio.