Rubia madura juega con su coño mojado en la piscina
La rubia madura lleva días con las medias puestas y el tanga empapado, imaginando cómo se va a tocar delante de todos mientras flota en la piscina de su jardín. Con los pezones duros contra el sujetador transparente, se muerde el labio inferior y se baja las bragas hasta los tobillos sin que nadie la vea, dejando al descubierto un coño peludo y bien jugoso que brilla bajo el sol. Se frota los labios hinchados con los dedos, gimiendo bajito al sentir lo mojada que está, pero no se conforma con un simple masaje: quiere que le reviente el clítoris a base de gemidos y contoneos. Aprieta las piernas contra el flotador, sintiendo cómo el agua le lame la raja mientras se clava dos dedos hasta el fondo, sacudiéndose como una perra en celo. Los gemidos se le escapan entrecortados, mezclados con los chapoteos de la piscina, y se corre en menos de un minuto dejando un rastro de leche pegajosa en el borde del flotador. Pero no se detiene ahí, porque el cuerpazo de esa zorra no aguanta un solo orgasmo: se saca los dedos brillantes y se los chupa con los ojos entrecerrados, saboreando su propio sabor mientras el sol le quema la piel ya sudorosa. Se quita el sujetador empapado y se masajea las tetas enormes, pellizcándose los pezones hasta que le duelen, deseando que alguien —cualquiera— la empotre contra la pared de la piscina. El agua le resbala por el culo prieto y el coño inflamado, y no puede evitar gemir al imaginarse una polla gruesa abriéndole los labios vaginales como si fuera mantequilla caliente. Se corre otra vez, esta vez con un espasmo violento que le hace arquear la espalda y soltar un grito ahogado, pero aún no ha terminado: quiere sentir cómo el clítoris le late hasta el fondo del coño mientras se masturba con la mano izquierda y se golpea los muslos con la derecha, dejándose llevar por un placer que le nubla la vista.