Profesora caliente usa consolador enorme en casa ajena
La profesora llegó a la casa del alumno con una excusa barata sobre la tarea y un maldito consolador negro metido en el bolso, palpitando como si supiera lo que venía. Él, nervioso pero con los ojos brillosos al verla con esa falda ajustada y ese escote que no dejaba nada a la imaginación, casi se atraganta con su propia saliva cuando ella sacó el juguete y le ordenó que se quitara los pantalones sin perder ni un segundo. La putilla traviesa se sentó en el sofá del living con las piernas bien abiertas, mostrando esa tanga blanca empapada que ya dejaba ver el coño hinchado y listo para ser usado, mientras se acariciaba los pezones duros por encima de la blusa. Él no pudo resistirse y se lanzó sobre ella como un animal en celo, mordisqueándole el cuello mientras sus manos gruesas le arrancaban la ropa interior de un tirón, dejando al descubierto ese coño rosado y reluciente que ya goteaba como una maldita. La profesora no perdió tiempo y le introdujo el consolador hasta el fondo con un gruñido animal, empalándolo contra el respaldo del sofá mientras sus tetas naturales rebotaban con cada embestida salvaje. Él, con la polla dura como una roca, no aguantó más y empezó a chuparle los pezones mientras le metía los dedos en la boca para que sintiera cómo se las iba a cobrar después. Los gemidos llenaron la sala, mezclados con el sonido húmedo de la carne golpeando contra carne, hasta que ella lo empujó contra la alfombra y se subió encima como una diablesa, cabalgándolo con esos muslos firmes y ese culo redondo que no dejaba de moverse en círculos mientras el consolador le reventaba las entrañas. El alumno no pudo aguantar más, se corrió con un rugido ronco, disparando su leche caliente por todo su vientre mientras ella, sin piedad, seguía dándole hasta que los dos quedaron exhaustos, sudorosos y con la ropa hecha jirones tirada por el piso. Lo peor fue cuando ella le susurró al oído que la próxima vez traería esposas y un látigo, mientras se limpiaba el coño mojado con su propia mano y se reía como si acabara de ganar un premio.