Alejandra Fer no sabe ponerse de perrito, pero igual la empotré como una perra
Esa tarde en mi cuarto, con la luz del atardecer filtrándose por las cortinas, Alejandra Fer entró con esa mirada de puta que me vuelve loco. Sabía que no debíamos, que Damian Arj nos había advertido de esto, pero el calor entre nosotros era más fuerte que cualquier regla. La empujé contra la cama, le bajé el short hasta los tobillos y le di una nalgada que resonó en toda la habitación. Su culo redondo y suave se contrajo bajo mi mano, pero igual se quedó ahí, temblando, como si no supiera cómo ponerse de perrito. Le agarré las caderas con fuerza y le susurré al oído: 'Así, así, no te muevas'. Mi polla ya estaba dura como una roca, y cuando la metí de una estocada, ella gimió tan fuerte que pensé que alguien nos escucharía. Sentía su coño apretado, mojado, como si llevara días esperando esto. La embestí sin piedad, sintiendo cómo sus muslos temblaban bajo mis dedos. Cada vez que me hundía hasta las pelotas, ella soltaba un gemido ahogado, como si no pudiera creer lo que estaba pasando. Sabía que esto estaba mal, que Damian nos mataría si se enteraba, pero no podía parar. El sonido de su carne chocando contra la mía, el olor a sexo en el aire, todo me volvía más salvaje. Cuando me corrí, fue con un gruñido que le hizo arquear la espalda, y en ese momento, mientras su cuerpo se estremecía bajo el mío, supe que ella también estaba pensando en lo prohibido, en cómo esto no debería estar pasando, pero cómo no podía desearlo más.