Instructora de gimnasio me empotra hasta dejarme sin voz
Él llegó con su polla dura como una roca y su cuerpo lleno de músculos sudados, oliendo a testosterona y a creatina barata. Yo no pude resistirme cuando me agarró de la cintura y me apretó contra la colchoneta, sus dedos clavándose en mis caderas mientras me susurraba al oído lo puta que estaba por aguantar su verga sin quejarse. Primero me lamió el coño hasta dejarme empapada, chupando mis labios con una avidez que me hizo gemir como una perra en celo, sus dientes rozando mi clítoris hasta que me corrí gritando su nombre. Pero no se conformó con eso, me dio la vuelta y me puso en cuatro, su verga resbaladiza de mi saliva buscando mi entrada mientras me azotaba el culo con la mano abierta, el sonido seco de la palma contra mi carne mojada haciéndome temblar. Cuando por fin me empaló, sentí cada vena de su miembro rozando mis paredes internas, sus embestidas tan profundas que me ahogaba en gemidos entrecortados, mis tetas bamboleándose como gelatina bajo su ritmo implacable. Me montó como un animal en celo, sus pelotas golpeando contra mi coño cada vez que se hundía hasta el fondo, su aliento caliente en mi nuca mezclado con los gruñidos animales que salían de su garganta. Yo solo podía arquear la espalda y ofrecerme, mi cara enterrada en la colchoneta mientras él me follaba hasta dejarme sin fuerzas, mis muslos temblorosos de tanto correrme que ya no sabía si era líquido lo que me resbalaba por las piernas o sudor. Cuando por fin se corrió dentro de mí, descargando su leche caliente con un rugido gutural, sentí cómo su semen me llenaba hasta rebosar, su verga palpitando dentro de mi coño mientras yo me retorcía de placer, mis gritos ahogándose en mis propios fluidos. La colchoneta quedó hecha un desastre, mi tanga roto tirado en un rincón y su cuerpo cubierto de marcas rojas donde mis uñas se habían clavado buscando algo a lo que agarrarme, porque ese cabrón me dejó más llena que nunca y con ganas de repetir.