Mañanera corrida solitaria de polla bien dura
La luz del amanecer se colaba por la ventana mientras ella se retorcía en la cama con las piernas bien abiertas, frotándose el coño empapado con los dedos temblorosos. La polla le palpitaba dura como una roca en la mano, hinchada de ganas tras días sin tocarla, y no pudo resistirse más. Con un gemido ahogado se la llevó a la boca, lamiendo el glande hinchado y saboreando el pre que ya le escurría por los labios. Las embestidas rítmicas contra su garganta la dejaron sin aliento, pero no paró: quería más, necesitaba correrse como nunca. Se quitó el camisón de un tirón y se tumbó boca arriba, con las tetas rebotando al ritmo de sus dedos masajeando su clítoris hinchado. La polla, gruesa y venosa, se deslizó dentro con un sonido húmedo y ella gritó de placer, arqueando la espalda al sentir cómo le llenaba el coño hasta el fondo. Cada embestida la llevaba al borde del abismo, sus gemidos ahogados mezclándose con los sonidos de carne chocando contra carne. Los jugos le resbalaban por el culo mientras se corría una y otra vez, pero no se detuvo: quería que él se viniera dentro, que la llenara hasta desbordarla. Con un último empujón profundo, la polla pulsó dentro de ella como un animal salvaje, escupiendo leche caliente que le recorrió las paredes vaginales hasta dejarla temblorosa y satisfecha. Se quedó ahí, jadeando, con la polla aún dentro y el coño palpitando, sabiendo que ese sería su mejor orgasmo matutino.