Chiquita asiática atada sufre cosquillas brutales y llora de placer
El cuerpito frágil de la asiática temblaba cuando el tipo le ató las muñecas a la cama con cuerdas que le apretaban las carnes pálidas como un grillete de seda áspera. La muy putita no podía hacer nada mientras él le recorría las costillas con los dedos, sintiendo cómo la piel se le erizaba al instante y le brotaban gotas de sudor entre los pechos pequeños y duros como dos botones de melocotón. Primero el tipo le hizo cosquillas en las plantas de los piececitos descalzos, rozándole los dedos con las uñas hasta que ella soltó una risita nerviosa que se convirtió en un gemido ahogado cuando las cosquillas subieron por los muslos blancos y mojados de excitación. La polla dura como un palo le rozaba el vientre cada vez que se movía, y la asiática, con los ojos vidriosos y los labios entreabiertos, no podía evitar empujar las caderas hacia arriba buscando más contacto, aunque solo fuera contra el aire. El tipo, disfrutando cada segundo, le pasó una pluma por los sobacos, sintiendo cómo el cuerpo de la chiquita se retorcía de placer y dolor a la vez, con la piel roja y sudorosa bajo el peso de las cuerdas. Cuando por fin le metió dos dedos bien empapados en el coñito apretado, la asiática gritó y se corrió en segundos, con el clítoris palpitando como un tambor mientras el semen le resbalaba por los muslos desde su polla violácea y gruesa. La pobre no tenía escapatoria, solo podía dejarse llevar por las oleadas de placer que le recorrían el cuerpito esquelético, entre risas histéricas y gemidos de puta satisfecha que pedía más sin poder articular palabras. El tipo, satisfecho, le soltó las muñecas y le ordenó que se lamiera los dedos mojados de sus propios jugos, mientras la asiática, sin aliento, obedecía con la boca temblorosa y los pechitos subiendo y bajando al ritmo de su respiración entrecortada.