Abuelo caliente se corre con joven en su casa
El viejito llevaba meses soñando con que su nieto le chupara la polla como solo un puto sabe hacerlo, y hoy por fin el cabrón no pudo resistirse cuando lo vio salir del baño con la toalla caída. Se le puso dura al instante al ver ese culito prieto y esas piernas flaquitas que tanto le gustaban, así que lo agarró del pelo y le obligó a arrodillarse frente a su verga gruesa y venosa que ya goteaba por los bordes. El joven, aunque al principio se resistió un poco, terminó cediendo cuando el abuelo le susurró al oído que si no lo complacía le quitaría la mesada, así que abrió bien la boca y se tragó toda la cabeza de esa picha enorme que le llegaba hasta la garganta. Las primeras embestidas fueron lentas, pero pronto el viejo empezó a empotrarle la garganta con fuerza, haciendo que el chico se ahogara con la saliva mientras gemía entre toses, con las lágrimas corriéndole por las mejillas y el coño bien mojado de solo imaginarse ser usado por ese macho dominante. El abuelo, lejos de aflojar, le agarró la nuca con ambas manos y le metió hasta las pelotas, sintiendo cómo el joven tragaba saliva a regañadientes mientras sus manos se aferraban a los muslos del viejo para no caer de rodillas. Cuando por fin lo soltó, la polla del viejito estaba roja y brillante, con el glande hinchado listo para soltar su leche caliente, así que lo levantó en peso y lo tiró sobre la cama sin ninguna delicadeza, le arrancó el calzoncillo de un tirón y le escupió en el culo antes de clavarle la verga hasta el fondo. El joven gritó como puta en celo, arqueando la espalda mientras el abuelo lo follaba contra el colchón, cada embestida más brutal que la anterior, sus pelotas golpeando contra el culo del chico hasta dejarlo bien marcado. Los gemidos llenaron la casa, mezclados con el sonido húmedo de la carne chocando y los gruñidos del viejo cada vez que se hundía hasta las bolas, hasta que por fin el orgasmo lo atrapó y le llenó las entrañas con chorros espesos de leche caliente que el joven sintió correrle por el culo mientras se corría sin poder contenerse, manchando las sábanas con su propia corrida mientras el abuelo no paraba de empotrarlo hasta dejarlo sin fuerzas.